Escribe: Carlos Verón De Astrada
Se vino realizando en Asunción el segundo festival de cine documental y no se puede dejar de celebrar y calificarlo como un acontecimiento.
El cine documental, por no tener tradición en nuestro medio es un género poco conocido y al descubrirlo como lenguaje novedoso, se da para nuestro público la posibilidad de descubrir una vía didáctica de gran efectividad. Una ventana a través de la cual se pueda explorar lo vivido por nosotros y encontrarnos con otros pueblos a los que nos une una problemática común en el marco de una rica variedad de matices.
El festival viene a cubrir una necesidad fundamental para construir una nueva forma de transmitir y dar cuenta de la realidad desde la realidad misma, con una óptica diferente a la que viene dada desde la información convencional. Hace tiempo que necesitábamos una formulación pedagógica que contraponga la versión casi unidireccional de nuestra prensa comercial.

En ese sentido, creemos que la gran validez del cine documental es que, a diferencia del cine de ficción, que es una representación pergeñada desde la imaginación y montada para el efecto, se propone una presentación de la realidad, captando y seleccionando escenas y testimonios arrancados del crudo escenario de la vida, produciendo de esa forma un reconocimiento mayor en el espectador y su consecuente procesamiento para el análisis. Y si bien es cierto que la realidad está sesgada por la óptica de quien percibe y la trasmite, lo importante es que, al tener una lectura alternativa a la consumida diariamente - a partir de escenas, situaciones que están capturadas directamente de la realidad - promueve el debate y remueve lo dicho desde quienes manejan la información.
Esa estimulación al debate y remoción de lo oficialmente difundido producen un invalorable salto cualitativo en términos del desarrollo de nuestro juicio crítico y conducen, consecuentemente, a un avance importante hacia un mayor conocimiento de nuestra problemática y el contexto en el cual está inmersa.
Así vimos pasar presentaciones de nuestra realidad local, por ejemplo en “Tierra Roja” y “Los Paraguayos”, pasando por el heroico proceso revolucionario boliviano, en tres filmes, hasta los testimonios de artistas comprometidos con la suerte de sus pueblos que en definitiva, es nuestra suerte, como Mario Benedetti, Oscar Niemeyer, Ernesto Cardenal, conjugando una lograda síntesis de arte y compromiso.
Considero por eso absolutamente pertinente hacer un reconocimiento al mérito de los organizadores de este ciclo y en particular a Hugo Gamarra, no solo por la propuesta en sí, como por la comprometida selección de los filmes y el deseo expreso de que la dicha propuesta se expanda y abra a otros espacios, en virtud de la rotunda convicción de su invalorable valor didáctico, y pedir que, si ello fuera posible, se realice todos los años.
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