Escribe: Facundo Sagardoy - Resistencia - Chaco argentino
“Gobernadas por líderes del narcotráfico que controlan a su milicia e imparten un riguroso control de la comunicación y del subsistema de clases internos, las favelas que se alzan al margen de las modernas megalópolis son testigos de la perversión distributiva, de la fragilidad democrática y de la concentración del poder en el estado con la más grande economía de América del Sur: Brasil. Siete argentinos partieron hacia aquellas tierras, y lo que pensaban sería una grata visita de turista, se transformó en una fantástica expedición.”
Apretadas sus calles de piedra y cemento, con estrechísimas veredas que lindan los portales de las precarias y aglomeradas construcciones que la pueblan, la favela es maraña de cables, milicia y miseria. Postal de lo marginal, disienten el ladrillo hueco, el ripio y el revoque desnudo que viste a sus edificios de las eminencias de la nueva arquitectura de cristal y acero de las metrópolis que orillan. El límite de las favelas es la ribera interna del estado de Brasil.
Al igual que la mayoría de los asentamientos precarios suramericanos, surgieron a inicios del siglo XX con la migración de masas campesinas a las ciudades. Miles, desplazados por la crisis de la economía rural y promovidos por el auge industrial, se asentaron en tierras desvalorizadas lindantes a las urbes de mayor porte. Hoy, 52 millones pueblan cada morro en un laberinto de urbanismo informal que crece.
Sólo en la periferia de Río de Janeiro 750 asentamientos se alzan. El más grande y conocido, con 300 mil habitantes, es “Rocinha”, al sur de la ciudad. Lo sigue “La Maré” con 132mil; una marea diaria de humedad, calor y violencia sobre la que navegaron Jorge, Lucía, Zulema, Pablo, Hugo, Horacio y Manuel, siete días. Siete argentinos de Chaco y Corrientes, de clases, profesiones y edades diferentes, que contaron, al volver, sus experiencias.
De turismo a expedición
El viaje se realizó entre el 11 y 21 de febrero de 2006, motivado por Roswitha Wachholtz, profesora que invitó a los siete a observar como actúan las organizaciones no gubernamentales en las favelas de Río de Janeiro con programas que pretenden “el rescate de la identidad de sus habitantes”.
Ya preparados, de camino a lo que estimaban serían siete días de disfrute, comenzaron las advertencias. “Van a la guerra. Van a Irak”, les dijo Carlos, periodista y escritor argentino, cuando compartían el ómnibus que los llevaba a Río. Los demás pasajeros asintieron. Se enteraron allí del narcotráfico, de los comandos paramilitares que resguardan al negocio de la droga, de la guerrilla policial, de la caída de civiles en feroces balaceras, en fin, de hasta donde llegan las fronteras del estado de Brasil.
“Te imaginás como llegamos”, señala Manuel. Los temores les crecieron. “Ni bien estuvimos ahí esperábamos que algo terrible pase”. La estación de Novo Río los contuvo algunas horas. “Para colmo, la gente de las favelas vino seis horas después”, cuenta. “Nos llevaron en una “traffic” a La Maré, un deprimente y pintoresco sueño suramericano”.
La favela
“Cuando llegamos al complejo La Maré, los ojos se nos llenaron de favela”. Lucía dice que el contraste arquitectónico, embrollos de cartón y piedra sobre espejos que rozan cielos, fue lo que más la impresionó. Por sus tajantes discordancias edilicias y socioculturales, a Río la apodan Bel-India: Bélgica e India separadas por murallas de cartón.
Allí conocieron a Bira. De tez africana, 35 años, atlético. A los 22, luego de salir del servicio militar, integró una banda organizada que robaba en barrios de clase media. “El ejército profesionalizó al enemigo”, acostumbra decir. En uno de los atracos, una balacera lo dejó paralítico.
“Nos mostró la casa que la Ong nos había alquilado. Se suponía que nos recibiría Vanda, la dueña, pero sólo nos encontramos con uno de sus hijos. Cuando preguntamos dónde estaba Vanda, nos dijo que en el hospital: su niña había sido internada de urgencia. Cuando preguntamos por qué, el ambiente se puso pesado”, narra Lucía. “Pero siempre se ponía así cuando queríamos respuestas”.
Bira fue su anfitrión y guía los siete días de estancia. Los llevó a conocer Nueva Holanda, las asociaciones civiles, los mercados callejeros, los parques, las frutas sabrosas, las mujeres exuberantes, los espectáculos, y las peculiaridades del pueblo que hace decenios trabaja y se divierte entre armas y droga.
El tercer sector
“Sucios, haraganes, ladrones, drogadictos y homicidas. Los estereotipos que la gente ‘de bien’ y los medios de comunicación de masas imponen a los ‘favelados’ -gente de las favelas - son despreciables. Les disminuyen la autoestima y amplían la brecha social”, explica Manuel.
Contra ello funcionan las organizaciones no gubernamentales. Intentan rescatar la identidad y elevar la autoestima de los favelados brindándoles una oportunidad para salvar su rica cultura que, verano a verano, se brinda con magnífica galanura a la clase que más los odia. Durante el Carnaval.
Aún así, según Manuel, el inicio del desprecio a la favela no ha sido atacado. “Afuera -en la ciudad- es común escuchar que los favelados, los afro descendientes, los pobres o los de clases populares, son peligrosos o criminales potenciales”. “Con sólo ver un afro americano caminando por una calle del centro, la guardia policial se alerta y la gente huye o lo insulta porque tienen miedo”, agrega Lucía.
También, advierte que esa lógica de segregación se invierte en la favela. “Cuando estaba afuera sentía que los policías eran mis mejores amigos, cuando estaba adentro lo eran los favelados, porque sabía que en el asentamiento los comandos no dejan robar, y que cuando la policía entra, lo hace para cobrar o matar”.
Las fronteras de Brasil
Al sistema de organización de las favelas en las riberas de Río de Janeiro lo lideran tres comandos del narcotráfico. El infragobierno tripartito, con consenso de sus miembros, hace años estableció el límite de las jurisdicciones internas que coinciden con las periferias de la moderna ciudad.
El cuidado de esos límites, divisorias del negocio de producción y distribución de droga desde la favela a los centros de consumo de clase alta, obligó a los comandos a reclutar civiles por partidas de jugoso dinero y armarlos para formar guardias personales.
El asecho constante de la policía, del ejército nacional en ocasiones, y de grupos mercenarios contratados, hizo que esas guardias se armen con armas largas y de pesado calibre, que se entrenen en guerrilla urbana, y que resulten cuerpos beligerantes jerarquizados.
Divididas y protegidas las fronteras internas y externas, los comandos desarrollaron un régimen simplista para impartir el orden civil. Violado algún código de convivencia, el castigo es inmediato y oscila entre violentas advertencias, si el delito es menor, hasta mutilaciones graves o la muerte si es mayor o reiterado.
“Las condenas suelen servir de ‘ejemplo’ y nadie tiene el poder para discutirlas. La soberanía de los líderes del narcotráfico es absoluta”, explica Manuel.
El territorio, el subsistema de clases interno, las comunicaciones, las finanzas, la distribución de la renta y los recursos que dentro de una favela se explotan o generan, son administrados por el comando que posee su dominio. En cambio, a las políticas por tomar, en relación a la mediación con el gobierno de Brasil, se las aplica con el consenso de los líderes si no son mayores las diferencias.
“Las personas saben que viven una violenta dictadura que las utiliza como escudo y rehén en enfrentamientos con otras fuerzas armadas, pero también saben que el narcotráfico les dio trabajo y creen que, si no hubiera combates con la policía, la criminalidad se mantendría en cero y que la lista de muertes ya no registraría inocentes”, explica Manuel.
“La persuasión, el asistencialismo y la violencia brutal conjugados a la dilatada ausencia del estado de Brasil, hizo carne en la gente de la favela que ve a la policía como un invasor que sólo busca tributos, no protegerlos”, agrega.
Proyección política del narcotráfico
Para legitimarse, los líderes del estado del narcotráfico detentan el medio material que sustenta, en gran medida, a la economía de la favela: la droga. Con doce años, un niño puede ser reclutado a la guardia armada. Cuando crece, la jerarquía deja que venda droga y reúna en su salario hasta diez veces más dinero que el de un trabajador normal.
Organizado para administrar el poder y con brigadas sistematizadas para dominar territorios, el estado del narcotráfico otorga permisos de campaña a órganos políticos en tiempos de elecciones a cambio de beneficios y tranquilidad para la distribución, y conviene con estructuras externas rentas que recogen las fuerzas policíacas.
Lucía cuenta que, cuando su estadía en La Maré, cruzó entre calles al móvil policial blindado más hablado: el “Caveirao”. Con ranuras laterales por las que asoman puntas de metrallas y delante de una fila de efectivos a gachas, con la vista en alto y los fusiles rozando el suelo, entró a la favela. “Cuando el Caveirao abre sus escotillas la ráfaga no termina. Las paredes no detienen a la balacera. Siempre decenas mueren, en las calles o en las casas” cuenta. Ese día no disparó frente a Lucía. Luego le contaron que sólo se llevó dinero esa vez, no vidas.
El negocio del narcotráfico maneja 800 millones de dólares al año y se cobra más de 1.500 muertes, lo que equivale a cuatro decesos por día. La edad de la mitad de los muertos oscila entre 15 y 24 años.
El dinero lo utilizan para comprar armas, para mantener al mercado en función y, dese hace tiempo, para proyectar líderes políticos que estimulan al narcotráfico en la ciudad y truncan programas reparatorios del estado brasilero en las favelas. “Postulan a sus propios candidatos para puestos de mando en el gobierno. Pagan sus campañas y obligan a la gente a que vote por ellos”, explica Manuel.
Las hipótesis para una solución varía entre los expedicionarios, pero coinciden en tres puntos: “la inacción del gobierno hizo al fenómeno tan complejo”, “aunque Brasil tenga la economía más pujante de América del Sur, su perversa distribución de las riquezas hace que los habitantes desocupados de las favelas apoyen al tráfico de drogas”, y “el estado del narcotráfico conquista caminos hacia Paraguay y Argentina “.
Conservadurismo de las desigualdades
Independientemente del despegue último de su economía y de los modelos de desarrollo por los cuales atravesó la historia de Brasil, de las 60 millones de familias que lo componen, 6 millones posee históricamente el 75% las riquezas del país, mientras las 5 mil más ricas se apropia del 45% del ingreso nacional. La centralización económica también es geográfica. San Pablo, Río de Janiero, Brasilia y Belo Horizonte concentran al 80% de esas familias.
Desde el final de la década de los 90, el gobierno transfiere del 5 al 8% del PBI anual a los ricos en forma de ingreso mínimo, mientras a 10 millones de familias que viven en condiciones de extrema pobreza traspasa menos del 0,5%, según “El país de los desiguales” artículo desarrollado por Marcio Pochmann, presidente del Instituto de Investigación Económica Aplicada de Brasil, que publica Le Monde Diplomatique en su edición de diciembre de 2007.
Para Pochmann, el conservadurismo de elites, que desde la colonia concentra el poder económico y político en Brasil, obstaculiza la modificación del perverso patrón distributivo que rige a la nación que, en cinco siglos, no suma cuatro décadas de régimen democrático. Durante los periodos autoritarios se mantuvo incólume el modelo de reparto excluyente y los llamamientos populares fueron marginados del núcleo de poder. La ausencia de revoluciones mantiene vigentes, en la esfera pública, resistencias a alterar desigualdades heredadas.
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